miércoles, 16 de noviembre de 2011

Debajo de mi cama, pero sin tanta paja y con más sustancia

Hace un par de días, me cansé de jugar, y nunca he sido un buen bailarín (es algo que me viene de familia), así que para matar el tiempo me dio por echar un ojo debajo de mi cama, así que saqué la cama de debajo y, por sorpresa, no había nada, un par de pelusas en una esquina, una densa capa de polvo que dejaba el parqué de un color marrón-grisáceo y un desconchado en la pintura de la pared, que a saber cuanto tiempo llevaba ahí.


Esto me hizo replantearme temas importantes como el sentido de la vida, lo que se halla después de la muerte y esas cosas, hasta que apareció mi gato Rocco, un gato regordete de panza blanca y lomo a rayas grises y negras, con una nariz rosa húmeda y un poco áspera, al igual que su lengua. Hizo lo de siempre, se quedó mirando el fondo de la caverna infestada de pelusas, con unos olores que ni reconozco ni me atrevo a relacionar, y saltó corriendo cuando vio que una pelusa se movió por la acción del viento. 


En ese momento me vino a la cabeza un bocata de tortilla y me entró un hambre de salado tremenda, así que eché a Rocco del hueco de la cama y me fui a la cocina a prepararme algo para comer, aunque al final tuve que conformarme con un cuenco de cereales.

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